la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 25 de mayo de 2018

A LA VEJEZ …, RECUERDOS / por BENJAMÍN BENTURA REMACHA


A LA VEJEZ …, RECUERDOS

BENJAMÍN BENTURA REMACHA
Zaragoza, mayo de 2018.
Gracias a Juan Lamarca y su portal “Del toro al infinito” me enteré de  algo que renovó mi juvenil gozo. Hace muchos años publiqué en “El Ruedo” una serie de artículos sobre le historia taurina de Méjico (con j), el primero, el 19 de noviembre de 1953, y el último de los once totales, el 18 de febrero de 1954. Tenía por entonces 22 años y veía crecer la hierba periodística. Podía con todo, hasta con emprender tan gran empresa. Existía desde 1924 la “Historia del México Taurino” de Nicolás Rangel, pero yo no la conocía. Mi madrina, Clotilde Íñiguez, era bibliotecaria de la Nacional y fue mi máxima consejera para informarme del devenir torero de aquellas latitudes. Con esa sólida base hice todo el esfuerzo posible para que mi trabajo tuviera cierta altura y validez. Años después completé ese trabajo hasta llegar a nuestros días y se lo ofrecí a la Casa Domecq, que por entonces tenía una prestigiosa delegación en la tierra de los aztecas y algunos indígenas más. Me argumentaron que no era conveniente la publicación de un libro escrito desde España. Ahí se quedó la carpeta con sus docenas de folios a máquina y mis ilusiones mustias como las hierbas que veía crecer. 

Repaso el blog (¿se dice así?) de Lamarca y encuentro mi nombre añadido al seudónimo con el que me inicie en estos menesteres: “Barico II”. Hablaba de mí y de mi trabajo don José Francisco Coello Ugalde, lo hacía elogiosamente y justificaba mi condición y naturaleza, la española, claro, y lo de escribir México con j. Esto lo corregí pronto, en 1964, cuando estuve unos meses al otro lado de los mares. Me sirvió de mucho aquel viaje. Fue como el estallido de una nueva galaxia en mi propia mente. Una ventana al exterior. Aquel año estuvieron en México Paco Camino, Diego Puerta, Miguelín, Álvaro Domecq y Manuel Benítez en su paseo termonuclear por la plaza de “El Toreo”, fuera de las fronteras del Distrito Federal, aquel tremendo edificio de hierro que tenía una cubierta abatible que hacía un ruido infernal cuando se ponía en marcha. A Juan García “Mondeño” le despidió Carlos León con una carta al Papa Juan XXIII, a Camino, en su salida a hombros de la México, le sacaron del estuche la Rosa Guadalupana que había ganado en buena lid y la grey taurina mexicana no tenía otro peón que Jaime Rangel para plantarle cara a uno de los españoles que ha mandado en sus ruedos, “El Niño Sabio de Camas”, ya no tan niño y recién casado con Norma Gaona, la hija del empresario de la Monumental. Conocí a unos cuantos toreros históricos: “Armillita”, Garza, “El Soldado”, “El Calesero”, Fermín Rivera y luego, en España, a los hijos de algunos de ellos, Manolo Espinosa, Alfonso Ramírez y Curro Rivera, el que cortó cuatro orejas una tarde en Las Ventas. Tres toreros nuevos en esa campaña mexicana de 1964 que maduraron en las plazas españolas, Fernando de la Peña, al que le dio la alternativa Antonio Bienvenida en Barcelona, Guillermo Sandoval, también doctorado en la capital catalana, y Oscar Realme, en Oviedo, los tres confirmados en Madrid antes de volver a su tierra para continuar sus inciertos caminos. Don Isidoro, murciano y masón, era el conserje de la Monumental, la que me enseñó por dentro y por fuera y hasta el bar de la logia a la que pertennecía. Nada más.

Tuve contacto con excelentes escritores como Álvaro Albornoz, hijo del ministro de la II República Española y jefe del Gobierno en el exilio, autor de unos aforismos a los que llamó “revoleras” y persona de sutil humor: “Tuvo que suspender la batalla porque con tantos tiros no podía escuchar bien la música que tocaban las bandas militares”. A mi tío José María, primo hermano de mi madre, que decía que no volvería a España hasta que se muriera Franco, le recomendaba: “Pues vuelve y no le hables”. El citado Carlos León, sus cartas a famosos y los diálogos de las películas de Cantinflas. Se parecía mucho a Alfonso XIII. Otro mucho más vinculado a los toros, Carlos Fernández y López de Valdenebro, madrileño de nacimiento (1912), hijo del secretario de las Cortes de la II República y de “veraneo” en tierras mexicanas. En los carteles, “Pepe Alameda”, locutor, escritor, poeta, recitador y, en inglés, “showman”, hombre espectáculo. Vino a España a retransmitir “la corrida del siglo” desde Jaén y con “El Cordobés” de protagonista. Le entrevisté en la cafetería del hotel Wellington y me sorprendió que desayunara con coñac francés, Napoleón. Su frase: “El toreo no es graciosa huida sino apasionada entrega”. Su obra: “Los Arquitectos de la Moderna Tauromaquia”. El toreo ligado de Manuel Jiménez “Chicuelo” y su faena con el toro “Corchaíto”, de Pérez Tabernero. Madrid, 24 de mayo de 1928. En estos días se cumple el noventa aniversario. “Chicuelo” fue también uno de los favoritos de los aficionados mexicanos. De Rodolfo Gaona, el Indio Grande, tenía referencias por mi padre cuando visitó España y le preguntó por Paquita Escribano, una cupletista de gran fama y con vínculos en Ejea de los Caballeros. Gaona se casó con la Moragas y su matrimonio duró menos que el de Rafael el Gallo con Pastora.

Una hermana de “Pepe Alameda”, María Victoria Fernández y López de Valdenebro, divorciada de José María Jardón, empresario de Las Ventas con don Livinio y Escanciano, fue la segunda esposa de Domingo (López) Ortega. La primera, la hija de los marqueses de Amboage, murió joven y como consecuencia de un acceso en la cabeza que se le infectó con un tinte que le aplicaron en la peluquería en abril de 1944. Su familia pleiteó denodadamente para conseguir el cincuenta por ciento de lo que había ganado el de Borox  en las plazas de toros durante los siete años de matrimonio (No recuerdo que hiciera a mi lado ningún paseíllo y vestida de luces”). Creo que se conformaron con las joyas de la fallecida. Dos años después, el 21 de septiembre de 1946, Domingo se casó en Madrid, en San Fermín de los Navarros, con María Victoria, “Picuqui”.

Recuerdo un libro del cronista de la ciudad de México, Artemio de Valle-Arizpe, “Calle Vieja y Calle Nueva”, en el que menciona a  Bernardo Gabiño, un torero de Puerto Real, Cádiz, y del que dice que “ocupa lugar preeminente y campea lleno de prestigio en la historia de la tauromaquia mexicana”. Asegura que vivía en el número 5 y medio del callejón de Tarasquillo y cita a la señora de Calderon de la Barca y su obra “Vida en México”, en la que hace unas encarecidas alabanzas de Gabiño, su garbo y fina gracia bailando la zarabanda, el vito, la farruca, el polo, las peteneras, soleares o la jota aragonesa, valenciana o murciana, el zapateao, la jarana, el palomo, la zanchenga o el jarabe. No había baile que se le resistiera. Dicen que el de Puerto Real asombraba a los aficionados con sus fulgurantes e incomparables metisacas. Cuenta el cronista un ataque de indios comanches (¿?) en un viaje en el que le acompañaban su picador Ignacio Cruz y su banderillero Fernando Hernández, su defensa con las balas de las carabinas y su llegada al lugar de destino heridos pero respondiendo a su función de toreros. El portorrealense  ganaba y gastaba largo, quebró la casa comercio (hoy, Banco) donde tenía sus ahorros de 80 mil pesos y, entre la pobreza y los achaques de la vejez, se contrataba por 30 pesos por corrida, hasta que el 31 de enero de 1886, en Texcoco, cuando un toro de Ayala, “Chicharrón”, le pegó una cornada junto al recto, no se dejó intervenir en el cochambroso cuarto que servía de enfermería, lo trasladaron a la capital y, en el cuchitril del callejón de Tarasquillo donde residía, murió el 11 de febrero, a las 9 y media de la tarde. 

Dice don Artemio de Valle - Arizpe que Gabiño tenía cuando falleció 83 años, no sale la cuenta, y que llevaba 51 de torero. Puede que esos años fueran los que llevaba en México, a los que habría que sumar los que toreó en España antes de partir hacia las Américas. Según mis noticias en realidad tenía 73 años, tampoco edad muy propicia para enfrentarse a los toros. La figura de Gabiño ha sido realzada por don José Francisco Coello Ugalde, mi panegirista mexicano que se considera a sí mismo como “maestro de Historia”. Ni profesor, catedrático o doctor, MAESTRO. Y sus apellidos me recuerda, el primero a uno de los banderilleros más artista de Portugal, Mario Coello (Conejo), matador de toros después, y el segundo, Ugalde, al más auténtico caricaturista español, de Tarazona de Aragón y cuarenta años en las páginas de ABC. El maestro Coello Ugalde dice que Gabiño nació en Puerto Real el 20 de agosto de 1812, que no tomó la alternativa en España, que se la dio Manuel Domínguez “Desperdicios” en Montevideo, Uruguay,  y que su presentación en México se dio entre 1829 y 1834. Fue Gabiño el primero que otorgó una alternativa en las plazas mexicanas, en 1879 y a Ponciano Díaz, que una vez doctorado sí vino a la península para torear y sorprendió más que nada por su poblado bigote.

En el libro de Luis González Obregón publicado en 1947 con ilustraciones de Bardano y Molina, “Las calles de México”, se cita la Plaza del Volador como el lugar de la ciudad de México en la que se celebraban las grandes fiestas populares, perros y liebres, peleas de gallos, juegos de cañas y suelta de toros bravos. Citan como especiales las fiestas de febrero de 1773 y las del mismo mes de 1803, en la que hubo un eclipse de sol. Como anécdota de los festejos de la “Plaza del Volador”, no sé si fidedigna y creíble, la de que Hernán Cortés, en unos juegos de cañas en el siglo XVI, sufrió tal cañazo en un pie y del que anduvo mucho tiempo cojo y enfermo. Fue peor lo de “la noche triste”.

El caso es que gracias a mi padre y su actividad como cronista de toros yo tengo un antiguo y buen recuerdo de los diestros mexicanos. El 24 de agosto de 1934 se publicó en “El Debate” una crónica firmada por “Barico”, Benjamín Bentura Sariñena, de un mano a mano entre Lorenzo Garza y Luis Castro “El Soldado”. Calor sofocante, Joselito Gómez como sobresaliente y novillos de Coquilla. Lleno a reventar en la plaza que se iba a clausurar a finales de aquel mismo año para ya inaugurar la de Las Ventas del Espíritu Santo. Garza y su compañero brindaron sus respectivos primeros novillos a Domingo Ortega. Lorenzo “el Magnífico” cortó sendas orejas al primero y al tercero, pasó a la enfermería y no mató al quinto. Lo mató Luis Castro que obtuvo las dos orejas y el rabo del sexto. La crónica  fue ilustrada con cuatro apuntes a pluma de Roberto Domingo, dos muletazos de Garza, uno de “El Soldado” y la estampa de un toro. Le regalaron a mi padre aquellas obras de arte que yo vi siempre en las paredes de nuestra casa madrileña de la calle Libertad y luego de Colomer, junto a la Avenida de Los Toreros. Y ahora los contemplo cada día, privilegiado que soy, en mi cuarto de estar zaragozano. Mi santo y seña por los siglos de los siglos. 

A Luis Castro “El Soldado” lo conocí en mi viaje a México, también a Garza que recuerdo que alternó una tarde con José Fuentes creo recordar que en su tierra natal, Monterrey, regiomontano, maravilla expresiva, y luego, en Madrid, en el Museo de Las Ventas, el día en que Pablo Ignacio Lozano presentaba su escultura, reproducción en bronce de una extraordinaria foto de Arjona de un lance de Antonio Ordóñez con una rodilla en tierra. Otra maravilla. A Fermín Espinosa “Armillita” le saludé en Pamplona en el hotel Yoldi, antes de que el Maisonave nos recogiera a los escribidores taurinos, entre los que estaba también don César Jalón “Clarito”, ministro de la República que me contó que le había retirado de la crítica Franco al reconocerles a algunos de los ministros republicanos una jubilación. “Si tengo alguna necesidad especial escribo un artículo para El Ruedo” – me contó don César en nuestro último “sanfermín”. Ya había publicado sus interesantes y sabias memorias”.

Bueno, me he alargado demasiado. Me puede la inquietud de no tener el tiempo suficiente para contar mis recuerdos y me motiva el impulso que me ha dado el reconocimiento del MAESTRO DE HISTORIA don José Francisco Coello Ugalde, a quien dedico esta mi memoria de más que un octogenario superviviente.             

jueves, 24 de mayo de 2018

"EL HIJOPUTA NO DESCANSA". QUIM TORRA CON EL ASESINO DE BULTÓ Y VIOLA



El presidente electo de la Generalitat, Quim Torra, ha participado este miércoles en una concentración en Barcelona para pedir la libertad de los “presos políticos” el día en que se cumplen siete meses del encarcelamiento de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart. Torra ha coincidido en el acto con el exmiembro de la banda denominada Ejército Popular Catalán (EPOCA), Carles Sastre, que fue condenado por el asesinato del empresario José María Bultó en 1977 mediante la colocación en el pecho de un artefacto explosivo, y detenido y procesado por la muerte, con idéntico 'modus operandi', de Joaquín Viola ex alcalde de Barcelona. 
Quim Torrá también ha saludado efusivamente al exmiembro del grupo terrorista catalán Terra Lliure, Frederic Bentanachs.

El acto, convocado por Òmnium Cultural y la ANC en la plaza de la Catedral, se ha repetido en toda Catalunya bajo el lema “Ni cárcel ni exilio, os queremos en casa”. Los manifestantes, algunos con los puños en alto y exhibiendo estelades, han gritado consignas como “independencia”, “libertad presos políticos” y “el pueblo no se detiene ante la dictadura”.

Nos da que los que hablan contra las dictaduras y por el pacifismo acaban acometiendo y aplaudiendo los genocidios.

El nuevo president de la Generalitat, Quim Torra, antes de su discurso ante el Parlament de Catalunya.

Hoy se cumplen 45 años de la muerte de Gitanillo de Triana y Héctor Álvarez


Fotografía cedida por Rafael Dona, hijo del torero
 Héctor Álvarez y de Pastora Vega.


45 años sin Gitanillo de Triana y Héctor Álvarez

Hoy, 24 de mayo de 2014, se cumple el 45 aniversario del fallecimiento de Rafael Vega de los Reyes "Gitanillo de Triana", hermano de Curro Puya, y el venezolano Héctor José Dona Álvarez. Ambos sufrieron un accidente cuando salían de un tentadero en la finca de Luis Miguel Dominguín "Villa Paz" situada en Cuenca. 

Pastora Vega, hija de Gitanillo de Triana  y mujer de Héctor Álvarez, tenía un hijo y estaba embarazada en el momento del accidente.

Gitanillo de los Reyes fue testigo en la alternativa de Manolete y formó parte también del fatídico cartel de Linares de 1947. Héctor Álvarez tomó la alternativa en Palma de Mallorca de mano de Andrés Hernando en 1967.
Diario ABC de fecha 25 de Mayo de 1967

Enlace relacionado:


Los Chicuelo: la memoria del toreo / por Álvaro R. del Moral


Rafael, Manuel y Curro Chicuelo posan en su casa de la Alameda. / Manuel Gómez.

Se cumplen hoy mismo 90 años de aquella faena iniciática –la del toro Corchaíto– que cambió el rumbo y los modos de torear: había nacido el toreo ligado, base de la tauromaquia contemporánea.

Manuel Jimenez Chicuelo

Los Chicuelo: la memoria del toreo

El tiempo, de alguna manera, se ha detenido en el 89 de la Alameda de Hércules. Rafaelito Jiménez, Chicuelo como su padre, se sabe depositario de un legado taurino que hunde sus raíces más firmes en la Edad de Plata. La propia casa es un inmenso relicario de aquel tiempo en el que el toreo se enhebraba con desacomplejada brillantez al apogeo luminoso de la música, la literatura, la escena, la pintura y la arquitectura. El bato reinventó el toreo en una lejana tarde madrileña; su madre, la bellísima cupletista Dora la Cordobesita, se hizo famosa cantando las coplas de Font de Anta y quedó inmortalizada por los pinceles de Julio Romero de Torres...

El primer Chicuelo, Manuel Jiménez Vera, había nacido en Triana pero la saga encontró su solar en la Alameda a lomos de la fama de su hijo Manuel. El segundo Chicuelo fue el que realmente cubrió de gloria el apodo bebiendo en el ancho venero de Gallito, que también fue vecino de aquel viejo brazo del río, como Manolo Caracol o la Niña de los Peines. Sus hijos Manuel y Rafael se vistieron de luces; también sus nietos Manolo y Curro...

Rafael, quinto de este apodo y patriarca de la saga, contempla la vida rodeado de los recuerdos de los suyos y guardando la memoria de su padre. Se sienta en un vetusto sillón frailuno mientras habla despacio, envuelto en las volutas azules de un cigarrillo que embute en una elegante boquilla. Se sitúa en el centro de una sala que antes fue patio de luz. «Me acuerdo mucho de él; era un hombre que hablaba poco pero no tenía una mala palabra para nadie», evoca el viejo torero. 

Se cumplen hoy mismo 90 años de aquella faena iniciática –la del toro Corchaíto– que cambió el rumbo y los modos de torear: había nacido el toreo ligado, base de la tauromaquia contemporánea. «Gallito ya lo había intentado pero mi padre se lo pudo hacer al toro mexicano», puntualiza el lidiador precisando un dato revelador y necesario: «Belmonte lo que hacía era dar uno por cada pitón».

Su hijo Manuel entra en la charla. «Todo eso se lo había comido la historia», puntualiza. Afortunadamente, el revisionismo taurino de los últimos tiempos ha reivindicado la auténtica trascendencia de ese legado, nexo fundamental entre la pesada herencia de Gallito y la era de Manolete. «Es que a Gallito no lo han tratado como lo que fue: el mejor torero de todos los tiempos», añade Rafael. 

En la casa de los Chicuelo se respira ese gallismo, que ha traspasado las tres generaciones. La memoria sigue rescatando efemérides, como el inminente centenario de la efímera Monumental de Eduardo Dato, inspirada por José. «Fue una pena que quitaran esa plaza; la idea que tenía Gallito era abaratar las entradas; sólo pensaba en eso; era un adelantado a su tiempo», apunta Rafael. «Fue un hombre irrepetible, un visionario que iba por delante... es el único torero que ha mirado en vida por el futuro del toreo; se enfrascó en tantas cosas, se enfrentó con los maestrantes... sufrió mucho», completa Manolo que aporta un dato interesantísimo para entender el hilo invisible que cose, una a una, las figuras de Joselito, Chicuelo y el califa cordobés. «Camará –apoderado de Manolete– se lo trajo para que fuera al campo con mi abuelo; la expresión es distinta pero la base es la misma», sentencia Manuel que, como su hermano Curro, llegó a gozar de ambiente como novillero. Desengañado de las miserias del negocio decidió hacerse banderillero pero pagó un altísimo precio en una plaza de remolques de un pueblo de Castilla en la que estuvo a punto de perder la vida. Conserva las cicatrices pero no guarda ningún rencor a un mundo que es el suyo y de los suyos. En estado gravísimo le llevaron de Candeleda a Talavera y de allí a Madrid. «El toreo es la gloria y el infierno», concluye el padre.

Pero es obligado volver a ese 24 de mayo de 1928 que cambió para siempre los fines del toreo, hoy hace 90 años. «Mi padre me contaba que entre serie y serie sentía que la gente no decía ni ole pero cuando miró arriba vio toda la plaza blanca de pañuelos». La primera oreja cayó antes de entrar a matar a Corchaíto, ese toro de Graciliano Pérez Tabernero que estaba entrando en la historia a la vez que preconizaba los parámetros de la bravura moderna. La segunda, después de cuatro pinchazos, consagraba la importancia de lo que había pasado. El Rerre, que estaba de banderillero con Cagancho, profetizó lo que había pasado: «Manuel, has cambiado el toreo». Tenía razón.

16ª de San Isidro en Madrid. Definitiva consagración de Roca Rey en Las Ventas Miguel Ángel Perera, Alejandro Talavante y Roca Rey. / por J.A. del Moral



¡Hoy me rindo del todo ante usía, don Andrés! Que vos sigáis así durante el mucho tiempo que le queda y que uno lo vea. ¡Chapeau!

Definitiva consagración de Roca Rey en Las Ventas
Miguel Ángel Perera, Alejandro Talavante y Roca Rey


J.A. del Moral · 24/05/2018
Vivido lo visto ayer con la lidia y muerte del sexto toro de Victoriano del Río, en cualquier época de esta plaza de Las Ventas, tenida por la más importante y, desde luego, la más trascendental del mundo, Andrés Roca Rey, el peruano-español que ya es tan nuestro como limeño, será aún más grande figura del toreo de lo que ya venía siendo, independientemente del numero de orejas que le dieron, solamente una, señores, solamente una tras enloquecer a toda la plaza con una faena más que épica que convenció a todos los presentes salvo al indeclinable sector que la desdora y la emborrona, como también y esto sí que tiene bemoles, salvo al señor presidente del festejo que obedeció las ruidosas indicaciones de la gentuza que intentó y consiguió impedir  que aquello no fuera premiado con las dos orejas del único animal que medio sirvió de la muy decadente y decaída corrida. Pero dado el ambiente triunfal que dominó el ambiente hasta grados pocas veces visto aquí, no importó nada que Roca Rey no pudiera salir a hombros por la Puerta Grande, últimamente y al parecer cerrada a cal y canto porque a no más 60 personas entre las más de 22.000 que abarrotaban la plaza no les pareció oportuno que lo consiguiera. Sin embargo, el parecer general fue que el aún jovencísimo diestro se había consagrado en Madrid definitivamente. No es de ahora el dislate. Madrid con las grandes figuras casi siempre fue injustísima. Podríamos traer ahora mismo a colación – argumentar, aducir razones y ejemplos, digo yo, de las muchas veces que aquí ha ocurrido lo mismo en todas las épocas.


Paso a relatar lo que yo mismo viví junto al gran Paquirri una tarde que terminó en injusta bronca de los ínclitos del tendido 7. Habíamos llegado al Hotel Goya, donde se vestía siempre el de Barbate, cuando sonó el teléfono que descolgó el propio gran torero. Era Luis Miguel Dominguín, tío político del años más tarde trágicamente desaparecido diestro y por tanto mitificado en la historia del toreo para siempre. Y esta fue la conversación entre ambos: “¡Enhorabuena, Paco ! Enhorabuena por qué, si esos malditos me han puesto a caldo”. “No deberías estar tan enfadado”, enfatizó riéndose Luis Miguel que siguió diciendo “lo mejor que te puede pasar en Madrid es que te abronquen aún habiendo estado bien. Es la señal que distingue aquí a todos los grandes del toreo”. Y Paquirri, repentinamente conformado con el sabio consejo de Luis Miguel, abandonó su agriado gesto y volvió a sonreír tan abiertamente como siempre lo hacía.  De  tal modo sucedió también  ayer o debió suceder con Roca Rey.



Miguel Ángel Perera

Muy poco nos queda por decir del resto del tan inesperadamente fracasado festejo. Las inefables saltilleras en un quite y los arranques de faena absolutamente contundentes de Miguel Ángel Perera en sus dos muy bien iniciadas faenas de muleta que esta vez no estuvo nada fino con las espadas con un toro que se vino muy a menos y con otro que se rajó enseguida; el mojado – otro diluvio repentino ayer – y muy breve aunque tan jugoso como sedoso trasteo de Alejandro Talavante, mas otra muy pronto interrumpida gran faena con el quinto que también se vino a muy menos mucho antes de la cuenta. Con la añadida, frustrada y otra vez mojadísima actuación de Roca Rey frente al también muy pronto arruinado tercero de la tarde. Arruinado aunque también esperanzador en su comienzo.
Alejandro Talavante

Las tormentas no nos han dejado y ya veremos si continúan o terminan de una vez por todas en este atípico final de la primavera.


Madrid. Plaza de Las Ventas. Miércoles, 23 de mayo de 2018. 
Decimosexta de feria. Tarde progresivamente nublada con dos tormentas y aguaceros apenas interrumpidos con breves escampadas y lleno de «No hay billetes».
Seis toros de Victoriano del Río, bien aunque desigualmente presentados y todos muy armados con muy poca casta y fuerza que se apagan demasiado pronto. Por algo más duradero y noble con reparos, destacó por mejor del conjunto sexto.
Miguel Ángel Perera (verde botella y oro): Dos pinchazos, media estocada y descabello, división de opiniones injustísima. Estocada desprendida y dos descabellos, silencio.
Alejandro Talavante (azul pavo y oro): Estocada y siete descabellos, silencio. Media estocada y descabello, silencio.
Andrés Roca Rey (verde inglés y oro): Pinchazo, estocada y dos descabellos, silencio. Gran estocada, oreja.

Destacó en la brega y en banderillas Juan José Trujillo. Y en pares sueltos, Juan José Domínguez, Paco Algaba y Francisco Durán “Viruta”.

¿Por donde empezar? Por el ambientazo de expectación desbordada y desbordante. No era para menos. Tres figuras en el mismo cartel y con una corrida de absoluta garantía sobre el papel, dados sus innumerables triunfos en esta misma plaza y en tantísimas otras. Pero como sucede tantas veces, los toros fallaron en sus tramos finales una vez comportarse con más o menos bravura en varas. Increíble pero cierto. Con el juego de los toros nunca se sabe antes de ser lidiados. Los de ayer tuvieron malange, salvándose de la quema aunque no del todo el sexto y último porque duró más que sus hermanos. Por desigualmente presentados, quizá algunos demasiado ensillados y estrechos de  los cuartos traseros, varios fueron injustamente protestados por los reventadores de siempre cada vez que actúan figuras. Los sietemesinos acudieron a “sus” Ventas dispuestos a reventar el festejo como fuera y como fuese. Y digo yo, ¿por qué no los denuncia nadie? Algo que está a disposición tanto de los profesionales como de los aficionados sensatos. Yo lo quise hacer en serio una vez con uno de los muchos, el último por cierto, que me han insultado toda mi vida y, enterado el sujeto de que la pena que le iban a imponer era tener que acudir cada tarde a la comisaría más cercana y quedar detenido allí mientras durara el festejo aunque, eso sí, podría ver las corridas por televisión,  el individuo se rajó asustado y, a partir de entonces, calló para siempre. De modo que, no me explico que nadie tome parecidas medidas de una vez por todas y hasta tengan que disponer un amplio salón de televisión en el que queden detenidos todos los reventadores habituales. Aunque ya varemos que no caerá esa breva…

No. En absoluto caerá en este mundillo de valientes y de cobardes a la vez. Pero bueno, fue un fiasco más aunque gloriosamente salvado al final por la soberana actitud y aptitud – ambas a la vez y en altísimo grado – del valentísimo e inteligentísimo Andrés Roca Rey que ayer nos entusiasmó con sustazo incluido por su no tan alocada como algunas veces parece impavidez. Fueron breves instantes de angustia total cuando cayó sobre la arena quedando brevemente inerte y, rapidísimo acto seguido, levantado a la vez que  ordenaba ferozmente a los dos peones que corrían a auxiliarle que se pararan y que se taparan de una vez por todas. La plaza ya estaba volcada ante tamaño volcán torero. Y en torero, más en gran torero que nunca anduvo Andrés, y más dispuesto que nuca a comerse el mundo entero.
Roca Rey

Magníficas por irreprochables en su interpretación las partes clásicas del faenón – durante la mayor parte de la gran faena salvo en la improvisada y arriesgadísima arrucina que puso la plaza a mil por hora – y sensacional además de rápidamente efectiva la estocada con que mató a su enemigo transformado en amigo por obra, gracias e infinita disposición del todavía jovencísimo gran torero y más con lo que le queda por delante.


Imagínense ustedes hasta donde podría llegar a poco que le respeten más los toros por lo dificilísimo que es torear al borde del abismo con tanta entrega y, por ende, tanta limpieza… y sin ninguna red. No nos alerta tanto todo esto para Roca Rey a quien salva su privilegiada inteligencia, su enorme capacidad de improvisar lo que conviene hacer técnicamente en cada caso, dadas las varias y repentinas acciones de los toros y, encima, lograrlo sobre la marcha. Puras y variadas las sorpresas que adornan casi todas sus actuaciones a poco o poquísimo que los toros se le presten.

¡Hoy me rindo del todo ante usía, don Andrés! Que vos sigáis así durante el mucho tiempo que le queda y que uno lo vea. ¡Chapeau!

SAN ISIDRO 2018. UNA OREJA DE CONSUELO / por Antolín Castro


Cuando se pone así la plaza se pone a cien, aunque no sean todos. 


La huella mayor la dejó el mal encierro de Victoriano del Río, quien otras veces no defraudó en la presentación de sus toros; hoy sí. Hoy salieron mal presentados. De comportamiento como  bueyes de carreta, pero en el tamaño pequeño.

UNA OREJA DE CONSUELO

S.I.18.- La oreja de la que les hablo no es la oreja de Consuelo, de mi amiga Consuelo. No, es la oreja de un toro de Victoriano del Río, que hizo sexto en la tarde de hoy.

Quien paseó ese trofeo se anuncia en los carteles como Roca Rey. Podemos afirmar que su determinación, su valor, encaja perfectamente con su primer apellido, Roca. Duro como ella es este torero peruano, a lo que une otras virtudes y también defectos, pero éstos sencillamente los pasan por alto sus seguidores, que lo son de forma incondicional.

Esa ya es una de sus virtudes, tener seguidores. Los ha alcanzado muy pronto y eso, ya lo vimos con el Benítez en los años sesenta, genera de forma automática pasión en los tendidos. Se le va a ver, se llenan las plazas y nunca quieren salir defraudados sus seguidores. A esa tarea se pone el joven peruano con verdadero ahínco y lo logra sí o sí. Hace un quite por la espalda, se pasa el toro por la faja, comienza con estatuarios sin mover los pies, se lo pasa por delante y por detrás, la plaza se pone a cien y a partir de ahí ya no hay nada que medir en el toreo fundamental. Ahí si hay defectos pero solo unos cuantos ojos los ven. Queda matar y mata con fe. Si el toro cae de inmediato el triunfo es seguro, incluido Madrid. Oreja en su última oportunidad en un San Isidro que se le iba sin dejar huella. Una oreja de consuelo para Roca Rey y los mojados asistentes.

La huella mayor la dejó el mal encierro de Victoriano del Río, quien otras veces no defraudó en la presentación de sus toros; hoy sí. Hoy salieron mal presentados. De comportamiento como bueyes de carreta, pero en el tamaño pequeño.

Huella mayor dejó también la tormenta de agua que descargó durante el segundo y tercero, que hizo que se despoblara la plaza, dejando los tendidos casi vacíos. Un lío que afectó a las lidias respectivas, que se convirtieron en un  desorden total. Gente que sale y que entra sin control nunca ha sido la fórmula para el mantenimiento del orden. En el tenis, por ejemplo, sería impensable una situación así.

Perera estuvo afanoso, y pesado, en sus dos trasteos, ante toros protestados por pequeños y por flojos. Realizó sus faenas, esas que tiene patentadas, allá penas si en los tendidos les apetecía verlas. Silencios tras de sus faenas, mal rematadas, además, con la espada.

Talavante pasó por San Isidro este año y no ha sido su año. Con ninguno pudo alcanzar nada y si algo ha hecho bueno ha sido ser breve. Al menos resultó menos pesado que su paisano.

La lluvia asustó al público pero damos fe que los toros no encogieron por culpa del chapuzón. Venían así de fábrica.

SAN ISIDRO 2018. LA CORRIDA DE VICTORIANO DEL RÍO EN EL OBJETIVO DE ANDREW MOORE.




MONUMENTAL DE LAS VENTAS. 

Miércoles, 23 de mayo de 2018. Decimoquinta corrida de Feria. Lleno de «No hay billetes». Toros de la ganadería de Victoriano del Río, con poca casta y fuerza; se apagan pronto. 

MIGUEL ÁNGEL PERERA, de verde botella y oro. Dos pinchazos, media y descabello. Aviso (silencio). En el cuarto, estocada desprendida y dos descabellos (silencio). 

ALEJANDRO TALAVANTE, de azul y oro. Estocada y siete descabellos (silencio). En el quinto, media y descabello (silencio). 

ANDRÉS ROCA REY, de verde botella y oro. Pinchazo, estocada y dos descabellos (silencio). En el sexto, estocada (oreja). 

- FOTOGRAFÍAS DE ANDREW MOORE -