la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 30 de marzo de 2010

EN LOS VEINTE AÑOS DE ENRIQUE PONCE / Por Juan Manuel de Prada

En los veinte años de Enrique Ponce
por Juan Manuel de Prada
29.03.2010
Publicado en el suplemento XL de ABC

El 16 de marzo de 1990, en la plaza de toros de Valencia, tomaba la alternativa un joven de Chiva llamado Enrique Ponce. Desde entonces, ha pasado mucha agua bajo los puentes, arrastrando consigo ilusiones y entusiasmos, pero la vocación de Ponce se ha mantenido incólume, aquilatada por el magisterio.
Ponce es, en cifras redondas, el torero más grande de la historia: el que más orejas y rabos ha cortado, el que más toros ha indultado, el que mayor número de trofeos ha reunido; pero el arte verdadero no se mide en estadísticas, sino en amor. Y un torero de época no llega a serlo tan sólo por mantenerse sin desfallecimiento al frente del escalafón o por cosechar más éxitos que ninguno. A un torero de época lo caracteriza, en primer lugar, la adhesión al ideal, el entusiasmo granítico por su vocación, inasequible a los desalientos y claudicaciones propios del oficio.
Enrique Ponce ama su arte con un amor que es a la vez conyugal y como recién estrenado; un amor que jamás se deja conquistar por la rutina, que renueva sus promesas esponsales cada día, que se brinda con el mismo denuedo y la misma bendita ilusión en la feria de mayor ringorrango y en la plaza de tercera, que mantiene su vocación intacta allá donde otros se dejan vencer por las inercias del tedio o por el halago de los aplausos.
Ponce ama su arte con la misma entrega candorosa con que lo amaba el día que su abuelo Leandro lo puso delante de una becerra cuando todavía era un chiquillo; y ese amor que no se desgasta, que no se deja amaestrar por las mañas aprendidas, que no se conforma con brindar faenas de aliño o de relumbrón, sino que cada día profundiza en la veta escondida del riesgo es el primer rasgo definitorio de su `toreo de época´.

El segundo rasgo sustantivo de su arte es el respeto al toro, su íntima comunión con el bruto que le disputa el mando de la plaza. Estamos acostumbrados a ver faenas en las que el torero se pone por encima o por debajo del toro; faenas que, inevitablemente, se convierten en exhibiciones de mando un tanto fatuas o, por el contrario, en tristes demostraciones de debilidad. Y esto ocurre porque, en la mayoría de las ocasiones, el torero ejecuta la misma faena; y sólo si el toro se adecua a esa faena se cuaja la obra de arte. Enrique Ponce se adecua al toro: le basta mirarlo a los ojos, recién salido del toril, para entablar con él un diálogo de confidencias tácitas; y sobre esa comunicación de índole misteriosa Ponce despliega un repertorio siempre nuevo, siempre inventivo. Todo buen aficionado sabe que no hay dos toros iguales; con Ponce ha aprendido que a cada toro hay que torearlo de modo distinto. Y así se alcanza el milagro de que toros revirados, camastrones o desangelados parezcan buenos ante la muleta del maestro; y el milagro aún más pasmoso de que toros buenos parezcan sublimes.

Y, como corolario o resumen de los otros dos, existe un tercer rasgo definitorio del arte ponciano; un tercer rasgo que pertenece al ámbito de la gracia, sin el cual no existe verdadero arte. Ponce está siempre en el sitio exacto; y ese sitio exacto sólo se alcanza cuando se ha logrado una compenetración misteriosa con el toro, con cada toro, y cuando cada lance de una faena está poseído del entusiasmo vigilante que caracteriza el arte de los verdaderos maestros. Por eso el toreo de Ponce irradia esa sensación de hondura y serenidad, de delectación artística y gustosa quietud, de fluencia majestuosa y ritual armonía, de acoplada reverencia ante el toro al que sólo se puede dominar por completo cuando el torero conoce cuál es su sitio.

El sitio de Enrique Ponce – sitio de una grandeza sostenida durante veinte años – es el de los toreros de época. El sitio de quienes encarnan una época, de quienes la explican y trascienden, de quienes hacen que una época sea recordada porque la empaparon de su arte irrepetible.
Conservar ese sitio tras veinte años es un signo de gracia que sólo admite una explicación misteriosa. ¡Enhorabuena, maestro, por esos veinte años de misteriosa gracia! ¡Y ánimo con los próximos veinte!
Enrique Ponce Cuando soñaba ser torero