la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 27 de mayo de 2010

LAS SORPRESAS DE SAN ISIDRO. DE APARICIO AL CID / Por Ricardo Díaz Manresa

El Cid, triunfador de San Isidro

Las sorpresas de San Isidro : de Aparicio al Cid


Ricardo Díaz-Manresa

Las sorpresas de San Isidro, en el escenario de Las Ventas, la gran Torre de Babel, pero única e insustituible y también necesaria. La Feria es mala, según el guión previsto… en un mundo imprevisto que no se puede controlar. Y así han emergido desde la niebla nombres como Julio Aparicio, El Cid y Leonardo Hernández.

Desde la niebla a las tinieblas, como Julito, hijo del gran Julio, no tan torero como su padre pero con bastante más arte, que fue una esperanza que parecía truncada. Pero no. La horrorosa cornada, estéticamente insufrible hasta para los estómagos y las sensibilidades con más tragaderas, coloca la corrida como el espectáculo más peligroso y a los toreros como los héroes de este siglo y de los anteriores. Volverá a torear nuestro Julio y lo hará con más valor que ahora.

Tiene que adelgazar, sabiendo lo difícil que es. Se lo aconseja un gordo. Quizá de pesar menos, la cornada habría tenido menor gravedad. La sangre de los toros pone otra vez a nuestro espectáculo, después de lo de José Tomás, en el punto de mira. Sólo interesa la sangre, que en la opinión pública tiene cuatro vertientes al menos.
La primera, la de los antitaurinos, que se aferran a la parte brutal, pero mínima, del espectáculo.
La segunda, la de los medios informativos, especialmente los televisivos y los gráficos en general, que pueden vender toda la sangre y el horror que les plazca.
La tercera, en la masa popular dividida entre el horror rechazable y la certeza de que aquí se muere de verdad y que los toreros se juegan la vida auténticamente.
Y la cuarta, la de los aficionados que saben que esto ocurre y que es inevitable. Se produce en un tanto por cierto muy pequeño y se deja espacio y tiempo para que el arte, la valentía y la técnica se produzcan, en paz, en la paz que puede haber en los ruedos, y los aficionados –a los que nos duelen las cornadas casi tanto como a los toreros- podamos sentir emociones y expresar admiraciones.

Lo lamentable es que Julio Aparicio, hijo, ante el juampedro, noble, que le miraba, quizá, tenía otras opciones, probablemente desaprovechadas, como rodar o como, cuando éramos niños, “hacerse el muerto”.
Los toreros se salvan muchas veces porque los toros de ahora los miran y se van. Los de hace 30 años partían en pedazos, o lo deseaban, a todo lo que se movía. No le demos vueltas : estaba escrito. Gracias a Dios que se ha salvado y que fue mucho menos de lo que pudo ser, aun siendo terrible.

A lo que sí podemos y debemos dar vueltas es al estado del callejón, lleno hasta la náusea. ¿Para qué, qué pintan allí, qué coño hacen? Se lo digo : estorbar, figurar, aplaudir. En definitiva : molestar. Se les podía decir, ya sabemos que venís a molestar, que es lo vuestro, pero sí, molestar, pero, por favor, lo menos posible.
Desde que llegaron y se pusieron a frivolizar aplaudiendo desde el callejón, lo nunca visto, denigraron el espectáculo. Esto no es lo que era. Antes, en los burladeros del callejón, sólo había miradas y palabras tenues. O profesionales o aficionados de tronío.
¿Quién coño son tantas tías y tíos en los burladeros del callejón, chupando del bote? Que se identifiquen, que lo diga la Comunidad, que explique su función. Y más de uno, colocado fuera de los burladeros e impidiendo a toreros, autoridad, mozos de espada y auxiliares subalternos y periodistas cumplir su función. Que los manden de una patada en el trasero a las andanadas o, si no, a sus palquitos, a sus invitaciones, a sus canapés. Ya está bien.

Y no sólo es dañina su presencia el día de la corrida sino incluso cuando no van. Hay unas grandes chapas en el suelo que están toda la feria para colocarlas cuando llueve y que estos angelitos -tan necesarios- no se mojen. De vergüenza.

He leído lo que contó a Juan Miguel Núñez, de la agencia EFE, el mozo de espadas de Julio Aparicio, conocido en el DNI como Francisco José García, y en el toreo como “Niño de Las Ventas”. Qué coincidencia amarga: un niño de Las Ventas presencia en su plaza lo que le pasó a su torero más querido.

Esto es lo que dijo. Menos mal que Juan Miguel vuelve cuando muchos van. Se nota su profesionalidad y su vocación periodística. Lo copio de pe a pa: “No podíamos correr por el callejón cuando lo llevábamos a la enfermería, porque tropezábamos con las chapas que había en el suelo, que utilizan como tejadillo los días de lluvia para que no se moje la gente que ocupa los burladeros, gente que allí no pinta nada y mira si estorba”. Y yo añado : en alguna ocasión la mayor o menor velocidad hacia la enfermería puede o no salvar una vida.

Ignacio González : allí tienes otra labor además de decir tonterías con las que no puedes estar de acuerdo. Limpiar el callejón. Y otra más : que renovación de las tarjetas de los viejos no sea penosa, que a los jóvenes se les dedique tan poca atención y respeto para encontrar abonos baratos (¿cuántos dais?), que los sufrimientos para la renovación de abonos, como aguantar lluvia, frío, sol y colas interminables, se acaben y que los aspirantes a los nuevos abonos no tengan que varias noches antes apuntarse a listas raras con mucha antelación, acercarse a la plaza a horas intempestivas y preguntar cómo van las listas y que después oir, si llegan, cómo les ofrecen una andanada de sol. O sea, sufrir para ver toros.

O como ha dejado de sufrir el Cid, otra de las noticias de San Isidro, al cortar la oreja más importante de su vida el día de marras y tener una doble suerte : que no lo calara el segundo cuando le podía haber partido los dos muslos y que le tocara el otro juampedro de Aparicio al que cortó –repito- la oreja más importante de su vida, toreó soberanamente y fue el que ha sido siempre, uno de los mejores toreros que he visto.

Y de los más crucificados. Que disfrute estos días y no se confíe. Le volverán a dar porque es uno de los toreros más odiados por los informadores y pseudos que he conocido en mi vida. Vino a Madrid hace años, triunfó como pocos, falló con la espada, pero no salía de los victorinos de sábados y domingos y nadie cantaba la injusticia ante mi cabreo y extrañeza. Pasó a las ferias, a los mejores carteles, triunfó clamorosamente (¿quién es el guapo que repite lo de los seis en Bilbao, las Puertas Grandes de Madrid –incluso las muchas perdidas por la espada- y las Puertas del Príncipe?) y cuán roñosos eran con él.

Le vino un bache, sin pegar petardos, escuchar broncas monumentales ni dejarse toros para el corral, un bache menor, también menor de los que ha tenido el 95 por ciento de los toreros del escalafón actual y de los anteriores. Pues nada, que se retire, que corte la temporada, que vaya desastre…Eso, sin armar un escándalo y sólo porque se le han ido unos cuantos toros… No tantos.

Tuvo que ser un juampedro el que lo volvió al toreo “activo” según los denunciantes. Enhorabuena al ganadero. Y pestes para él por los toros podridos y devueltos que nos envió la misma tarde.

Ahora sólo le falta comprar a unos cuantos informadores, mandar al carajo a sus apoderados que lo llevan fatal y que para darle categoría lo ponen en San Isidro con Uceda Leal y Miguel Tendero, ante el asombro de mi hijo Álvaro, aficionado de siete u ocho corridas al año. Pero canta tanto… y después el presunto boicot telefónico para dejar el tendido cuando torease Manuel Jesús. ¿Han oído algo parecido en la historia del toreo?

Total, que estas cosas en una misma tarde sólo pueden pasar en Madrid, la del crucigrama, la de Las Ventas, la de los gritos agrios, la de los grandes triunfos, la de las broncas amargas, la del sueño de todos los toreros.

Y, mientras, Leonardo Hernández hace lo que ya apuntaba y se apunta dos puertas grandes seguidas mientras pone al rejoneo en punta frente a Hermoso y Ventura. A los padres nos da mucho gusto que nos superen nuestros hijos. Este Leonardo es mejor que el buen rejoneador que fue su padre. Igual que Manzanares hijo puede superar a su progenitor.

Hasta ahora, Aparicio, el Cid y Leonardo los grandes protagonistas de San Isidro.

Julio Aparicio
El callejón, una barrera de lujo

Leonardo Hernández