la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 11 de julio de 2011

Miuras con poco motor / Por Andrés Amorós

 
-Fotografía de Emilio Méndez-

Miuras con poco motor 

La tradición pamplonesa lo impone: el domingo de Feria, toros de Miura; el día de mayor aglomeración, los toros más temidos


Andrés Amorós
 
ABC.-11/07/2011- PAMPLONA
La tradición pamplonesa lo impone: el domingo de Feria, toros de Miura; el día de mayor aglomeración, los toros más temidos. En el encierro, la masificación es muy peligrosa: se habla de más de tres mil corredores; bastantes, son arrollados por tropezar con sus compañeros. Todos los años se habla del «numerus clausus» y se deja para otra ocasión...

Los herederos de Miura traen no sólo la cabeza de la camada —como todos los ganaderos— sino algún toro descomunal, del que se habla en los mentideros taurinos. Luego, las reses salen como salen. Vemos hoy toros de gran presencia: largos, altos, abiertos de cuerna. Todos salen alegres, hacen buena pelea en varas, embisten con cierta nobleza, no están sobrados de fuerzas; en la muleta, se quedan muy cortos, se paran, impiden el lucimiento. Sólo Padilla, favorito de las peñas, logra aplausos.

Esta Feria se basa en repeticiones, en ritos, en ceremonias vividas con fervor: por eso son tan hondas sus raíces. Vuelvo yo todos los años a una que muchos —pamploneses incluídos— desconocen y por la que siento debilidad: el encierrillo.

¿Cómo llegan los toros del encierro a los corrales de Santo Domingo? La noche anterior, guiados sólo por los pastores, corren hasta allí desde otros corrales más lejanos, los del Gas. La escena parece fantasmagórica: en la oscuridad, en silencio, con pocos espectadores, se escucha, como señal del comienzo, un cuerno de pastor y, en seguida, el sordo resonar de las pezuñas de los toros. Pasan a nuestro lado los majestuosos animales sin desviarse un centímetro... Es una estampa bellísima y una reliquia histórica única. Así se trasladaban los toros, por ejemplo, cuando sorprendieron a Valle-Inclán, con sus amigos, y él, impávido, imitó a don Quijote: «¡Toritos, a mí!» Así lo hemos vivido anoche, en Pamplona.
Las peñas, con Padilla

Volvamos al ruedo. Juan José Padilla se siente aquí como en su casa. Lidia primero a un torazo de casi setecientos kilos, que intenta saltar la barrera. Lo pica bien Antonio Montoliú. Arranca aplausos Padilla con navarras y banderillas discretas. El toro es noble pero reservón, se queda cortísimo, derrota por alto. Sólo cabe mostrar oficio. En todo caso, tiene mérito torear a este toro y no estar aperreado.

En el cuarto hace el esfuerzo: faroles para la galería, mejora en banderillas , brinda al público. El toro es noble, suave, pero no transmite. Padilla provoca las arrancadas, se mete en su terreno pero... consigue poco. Mata con decisión: petición de oreja cariñosa, no atendida.

Apuntado permanentemente a corridas duras, Rafaelillo lleva una temporada un poco «achuchá». No tiene hoy más suerte. Su primero, tan alto como él, sale alegre, remata en tablas, se mueve bien... pero dura muy poco, no tiene recorrido, desarma al torero. Se justifica éste con alardes, en la cercanía. Mata alargando la mano, a cambio de recibir un pitonazo, que le abre la banda de la taleguilla.

El quinto, un precioso sardo, justo de fuerzas, se orienta pronto, vuelve rápido. Rafaelillo lleva a cabo una pelea ardorosa pero pasa un calvario en la suerte suprema, porque el toro se tapa. Y las peñas protestan, claro.

Serafín Marín es torero catalán: algo que, dentro de poco, será también una reliquia. Además, sabe torear. Lo demuestra con el capote en sus dos enemigos, lo poco que le permiten. El tercero se para ya en banderillas: es suave, soso, topa, se defiende al final de los muletazos. La faena es pulcra pero carece de emoción.

El sexto es un bonito castaño, que choca con el burladero. Está justo de fuerzas, echa la cara arriba en banderillas. Se mueve sin fijeza ni clase, no pasa: no hay nada que hacer. Las peñas se desentienden. Mata con habilidad.

En vez de defenderse, ante toros que transmitan la sensación del peligro, los tres diestros han tenido que esforzarse para provocar embestidas mortecinas. No es eso lo que esperamos de los miuras. La tarde se pierde en el limbo de las esperanzas incumplidas: toros preciosos para admirarlos, no para torearlos. El motor —lo sabe cualquiera— importa más que la carrocería.