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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 29 de junio de 2013

El pañuelo de 'El Soldado' / Por Joaquín Albaicín



"...Devoto del juego y los placeres, un día vio cómo iban a embargarle la mansión con los muebles dentro. Cuando un amigo le preguntó si se arrepentía, respondió:

- “No. Mejor haberlo tenido y perderlo, que no haberlo tenido nunca”.

El pañuelo de 'El Soldado'
  • 'El Soldado' fue uno de los mejores toreros de capa de todos los tiempos.
JOAQUÍN ALBAICÍN
Escritor.
Quizá esta fotografía sea el único testimonio gráfico preservador para la posteridad de aquella hazaña. Y es que los más viejos del lugar ya no la recuerdan. Imposible recurrir a ellos, porque se han muerto. Durante muchos años, ha seguido vivo el último dorado que galopó con Pancho Villa, el último nieto de los pieles rojas que acabaron con Custer y cortaron la cabellera a su regimiento, el último de los que aguantaron en el búnker con Hitler, el último de los que se lo intentaron cargar… Pero, de los que vivieron y contemplaron esta estocada a todo o nada, hace mucho que no queda ni uno. 

Por no quedar, no queda ni la plaza. También murió. La vieja plaza de toros de Madrid, la de la Carretera de Aragón, cuyos tendidos aclamaron a Joselito El Gallo y Juan Belmonte, descubrieron a Domingo Ortega y a Cagancho, vibraron con Marcial, alucinaron con la faena de Chicuelo a Corchaíto y se estremecieron de espanto cuando Fandanguero hirió de muerte a Gitanillo de Triana… Esa plaza, es hoy el Palacio de los Deportes. No han sobrevivido ni los corrales.

De hecho, la novillada celebrada el 29 de julio de 1934, día en que fue impresionada esta instantánea, fue uno de los últimos festejos programados en el añejo coso. El 14 de octubre saldría a la calle el cartel de la combinación postrera de su historia: toros de Trespalacios para el rejoneador Cañero, Marcial Lalanda, Cagancho y Rafael Vega de los Reyes. A manos de Cagancho fue a parar la oreja que cerró la luenga estadística de galardones concedidos en ese coliseo.

Pero en aquel año de 1934 y durante semanas, la afición no habló más que de la que habían formado en su ruedo dos toreros mexicanos: Luis Castro El Soldado y Lorenzo Garza. El ganado era de Gamero Cívico y, luego de retirarse a la enfermería el primer espada, Cecilio Barral, tras despenar al primero de la tarde, El Soldado formó tal lío al segundo con capa, banderillas y muleta, que le tenía cortado el rabo antes de perfilarse para ejecutar la suerte suprema. Sorpresivamente, poseído sin duda por el clima de efervescencia de los tendidos, el torero dejó caer la escarlata de su zurda y extrajo de su bolsillo un albo pañuelo que ofreció con gallardía y rotundo desprecio de la vida a los hocicos de la fiera y con el que, para delirio de la concurrencia, vació al encuentro su embestida. Pese a hundir sólo media espada, el efecto fue fulminante y su triunfo, total. El júbilo y el pasmo estaban más que justificados, por cuanto para consignar un inmediato precedente de tal gesta era menester remontarse a Martincho, el torero de los tiempos de Goya, que citaba los toros a recibir con los pies encadenados y un sombrero por solo señuelo…

Aquello enfebreció a Garza, que, luego de torear de capa con su extraordinaria personalidad, inició su faena de muleta por alto y con los pies metidos en la montera. Culminado su genial trasteo, no quiso ser menos en arrojo y, prescindiendo hasta del pañuelo, montó el estoque y citó a su enemigo con la palma de su mano izquierda como único reclamo. El pinchazo que precedió a la media estocada redujo el premio a dos orejas, mas ni en un ápice el delirio de los espectadores. Repetidos el 9 de agosto, volvieron a salir por la puerta grande. Aquella tarde convirtió en figuras de relumbrón a Garza y El Soldado y se erigió en uno de los cimeros jalones históricos de la Edad de Plata del Toreo, en la que tanto y tan bien ganado protagonismo desempeñaron los espadas aztecas.

A raíz de tan sonado aldabonazo, El Soldado –considerado por muchos uno de los mejores toreros de capa de todos los tiempos– y Garza –bautizado El Ave de las Tempestades por la afición de su país– se convirtieron en figuras de máximo cartel. Garza se doctoró sólo un mes después (en Aranjuez y de manos de Belmonte), esperando El Soldado hasta la siguiente temporada, cuando, tras despedirse como novillero en la Maestranza, fue investido matador en Castellón por nada menos que Rafael El Gallo. Rápidamente pasaron a engrosar, pues, gracias a aquel éxito, las filas de ese reducido y privilegiado grupo de toreros en cuyo hombro no se para una mosca sin pensárselo dos veces.

Ese idilio entre los taurófilos españoles y los toreros de México se prolongó hasta 1936, cuando los peninsulares, celosos del tirón de taquilla de Armillita y sus compatriotas, se ocuparon, a base de triquiñuelas pseudo jurídicas y zancadillas en los despachos, de deportar a todos con las consabidas excusas de que los mexicanos estaban “quitando el trabajo” a los españoles. Desde las páginas del recién nacido diario Ya, el crítico K-HITO osó burlarse de tan pedestres argumentos:

- “¿Acaso debe prohibirse a Caruso cantar en España porque un tenor español mediocre no tenga contratos?”

La ironía le valió recibir, en un café de la calle de Alcalá y de dos banderilleros a las órdenes de una de las figuras del momento, una buena paliza. ¿Qué decir? A la hora de defender sus habichuelas, cada uno se ciñe a un estilo. Pero para valentías de verdad, El Soldado. Ahí está la foto. Va a hacer ochenta años de aquello y todavía, al mirarla, le parece a uno escuchar el rugido de la afición empujando con su voz emocionada el acero, miles de almas yéndose todas a una tras la espada en pos de la apoteosis. Todo o nada. La suerte o la muerte. A esa máxima fue fiel durante toda su vida El Soldado. Devoto del juego y los placeres, un día vio cómo iban a embargarle la mansión con los muebles dentro. Cuando un amigo le preguntó si se arrepentía, respondió:

- “No. Mejor haberlo tenido y perderlo, que no haberlo tenido nunca”.
Respondió, en fin, como lo hubiera hecho un cabal discípulo del pitagórico Apolonio de Tiana, quien, cuestionado por el rey de los persas sobre qué debía hacer con sus riquezas, le instruyó:

- “Gástalas. Para eso eres rey”. (La Gaceta Intereconomía)

Enlace relacionado en 'Tercio de Pinceles' blogspot:


Naipe dedicado a "El Soldado" pintado por el gran Ruano Llopis