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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 30 de enero de 2015

Una lágrima para Rafael Enrique Casal / por Fortunato González Cruz



Una lágrima para Rafael Enrique Casal


Fortunato González Cruz**
Espero a que pase el impacto inicial del dolor por la muerte de Rafael Enrique Casal para escribir estas líneas obligadas por una amistad entrañable y mi admiración por el hombre que fue y seguirá siendo, porque dejó un surco abonado para la siembra y para una abundante cosecha.

Destaco primero su alegría que expresaba con soltura y sin contención para aderezar sus conversaciones sobre cualquier tema, en particular el taurino. Si le acompañaba Graciela, su bella esposa, como era usual, entonces sus risas eran un concierto que transmitía optimismo, unos valores personales que solo se pueden manifestar así cuando el espíritu está pleno de bendiciones. Su gozo interior lo ofrecía generosamente a los contertulios que disfrutábamos y nos inducía a prolongar las conversaciones hasta lo posible. No era un optimismo gratuito puesto que tenía por base una sólida fe en Dios, confianza en las infinitas posibilidades humanas, una vida radical de entrega al desarrollo de su encantadora personalidad, a la formación de una hermosa familia, al cultivo de la amistad y a dar su valioso aporte al país.

Cuando ya la enfermedad lo amenaza despliega una gran actividad en dos de sus pasiones: la política y los toros. En la primera se decanta por la idea de un nuevo pacto social que reconcilie a los venezolanos en un proyecto de país inclusivo que asegure la libertad, el pleno ejercicio de la democracia, el pluralismo, el bienestar y la prosperidad. A su juicio lo que conveniente a la paz y al futuro de los venezolanos es una nueva Constitución que sea el producto de un gran acuerdo nacional, y en ello comprometió sus últimas energías. Es el fin de un camino que comenzó como concejal del Municipio Valencia, lo llevó al Senado de la República y a asumir otras responsabilidades públicas como la presidencia del Colegio de Médicos del Estado Carabobo y de la Comisión Taurina de Valencia. Como un moderno Alonso Andrea de Ledesma, o quizás a lo Quijote, se fue casi solo a la gobernación de Carabobo para dejar constancia de su indeclinable compromiso con la transparencia. Víctor López “El Vito” lo dice mejor así:

“Quisiera referirme a la lucha de sus últimos años, porque Rafael Enrique luego de participar del hecho político de la democracia que se construyó a partir de 1959, había caído en cuenta desde hacía muchísimos años -como pocos de su generación-, que el país no cambiaría si sus regiones eran el patio trasero de Caracas. Y Rafael abrazó y fue parte del esfuerzo que se comenzó a realizar hace más de 10 años con el Proyecto País Venezuela, siendo uno de sus principales promotores e impulsores, no solo en su Estado, sino en el país.” 

Toda su actividad política fue marcada por la honestidad y el sentido de servicio, por su compromiso con la Venezuela de la provincia tan golpeada por el centralismo. 

Luto en el pecho de un aficionado de San Cristóbal
socio del Círculo Bienvendia,

En lo taurino era un aficionado radical, torista y emotivo. Admiraba la buena hechura del toro, su trapío y su bravura y se estremecía ante la arremetida del animal y el suave dominio de aquella fuerza descomunal por la gracia de una verónica o de un natural. Esa pasión la paseó por muchas plazas y en todas dejó amigos, prendados del encanto de su personalidad. Juan Lamarca dice de él que:
“…con prestancia y galanura sin par, del esportón de su alma brotaba el verbo fácil y culto cual capote dibujando lances al viento, su poesía cual muleta parando, templando y mandando al natural, y por espada…la razón, que emanaba de la mente de un científico, del intelectual, del aficionado y hombre cabal, de un gigante de la amistad que tan importante era el amor que profesaba a su familia como grande era el dolor que sufría por la resquebrajada y siempre amada patria venezolana.” 

En la plaza monumental de Valencia le acompañé alguna vez en la presidencia de la corrida al lado del legendario Diamante Negro, y me consta que la frialdad del juicio de un juez imparcial se resentía por el calor de la pasión taurina, y, a diferencia de los más estoicos jueces merideños, dejaba escapar sus emociones.

Rafael Enrique Casal Heredia tanto fue y seguirá siendo un referente ético.

Como Juan Lamarca, tomo de Lorca los dos últimos versos del Llanto: 

“Yo canto su elegancia con palabras que gimen

y recuerdo una brisa triste por los olivos.”