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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 13 de marzo de 2017

2ª de Fallas en Valencia. La terrible cogida de Padilla y una preciosa faena de Curro Díaz restaron protagonismo al regreso de Manuel Escribano





En la aparatosidad de la cogida, además del palizón, se llevó dos graves cornadas, una en un muslo y otra en la axila, mas un tremendo varetazo en el tórax y un rasponazo sangrante en la mandíbula. El toro lo trató como si fuera un guiñapo y los espectadores quedaron ateridos, más que asustados en la creencia de que incluso el hueco del ojo perdido de Padilla había sido rebañado.

La terrible cogida de Padilla y una preciosa faena de Curro Díaz restaron protagonismo al regreso de Manuel Escribano

La tarde fue un cúmulo de emociones diversas que empezó con la atronadora ovación que el público dedicó a Manuel Escribano tras romperse el paseíllo. No fue para menos. Escribano apareció intacto e impecablemente vestido de azul noche y oro después de pasarlas más que mal durante los nueve meses que duró su dolorosa y costosísima convalecencia como consecuencia del cornalón que sufrió en Alicante. Rotas de cuajo la femoral y la safena que le dejaron en un estado realmente calamitoso. Este regreso a los ruedos de Manuel había sido el mayor reclamo de la segunda corrida fallera por lo mucho que los medios dedicaron al percance en su día y en su prolijo seguimiento.


Pero la imprevisibilidad del toreo, volcó el protagonismo de la tarde hacia Juan José Padilla por la terrible cogida que sufrió mientras toreaba con la muleta al cuarto toro de Fuente Ymbro. En la aparatosidad de la cogida, además del palizón, se llevó dos graves cornadas, una en un muslo y otra en la axila, mas un tremendo varetazo en el tórax y un rasponazo sangrante en la mandíbula. El toro lo trató como si fuera un guiñapo y los espectadores quedaron ateridos, más que asustados en la creencia de que incluso el hueco del ojo perdido de Padilla había sido rebañado. Perdió hasta el parche. Pero pese a la gravedad de las cornadas y al estado calamitoso en que quedó el jerezano, una vez que le ataron un torniquete en el muslo sangrante a chorros, volvió a la cara del toro para pegarle unos cuantos muletazos y entrar a matar como buenamente pudo en tres agresiones, lo que no impidió que le pidieran una oreja con tanta fuerza que al presidente no le cupo más remedio que concederla, quizá también porque tras matar de buena estocada al primer toro con el que había desplegado todo su repertorio con el capote, las banderillas y la muleta a su modo entre tosco, espectacular y jacarandoso, el palco no atendió a la petición del trofeo y tuvo que contentarse con dar una vuelta al ruedo.



A la tragedia de Padilla y de su heroico comportamiento le siguió otro motivo para terminar de restar protagonismo al torero reaparecido. Fue la exquisita faena que cuajó Curro Díaz al quinto toro – el único dulce del envío de Ricardo Gallardo – con gran lentitud, relajo y hasta abandono, fiel a su reconocido duende. Cante grande del torero de Linares que por momentos logró extasiar al respetable en su particular interpretación de las suertes de muleta con ambas manos además de los adornos y de los pases de remate en los que el sentimiento del artista les puso a muchos la carne de gallina. Una estocada corta bastó para dar fin al noble animal y la oreja cayó con todo merecimiento. Artísticamente, este fue el momento culminante del festejo porque la también preciosa faena de Curro al segundo toro que brindó a sus dos colegas fue un breve suspiro de gracia torera en tres tramos, dos con la mano derecha y uno al natural porque este toro, al que mató de un bajonazo eficaz, duró menos de la cuenta.

Bien presentada aunque no tan brillante como otras veces por lo que a la fuerza y a la casta caben esperar de esta prestigiosa ganadería de Fuente Ymbro, Juan José Padilla volvió a ser el todo terreno a que nos tiene acostumbrados desde las largas cambiadas de rodillas en el tercio y a porta gayola frustrada al toro de la cogida, muy buenas las verónicas del saludo al primer toro, limpios los faroles del quite al cuarto, sobrado aunque no del todo acertado en su parear en solitario o alternando con Escribano cuando le devolvió la invitación que le había hecho el sevillano en la lidia del tercer toro, celebración general de la parroquia al torrencial despliegue del torero muleta en mano y a la proverbial simpatía del “Ciclón” que le libra de mayores exigencias por parte del público que en su mayoría tolera y aplaude todo lo se le ocurra hacer.


Manuel Escribano, tercer espada de la tarde, Por entrega y voluntad, dio de sí todo lo que buenamente pudo hacer con sus dos toros. Pero no todo lo que hubiera deseado afrontar le salió a pedir de boca. Larga cambiada de rodillas y buenos lances en el recibo de su primer toro que, de salir distraído, pasó a apagarse pronto en la faena de muleta en su desclasado embestir. Empeñoso el sevillano en pos de corresponder al brindis que hizo a los médicos que le salvaron del grave percance con su jefe a la cabeza, el doctor Reyes. Pero no pudo ser. Llegó el aviso justo cuando Escribano se dispuso a matar, lo que consiguió de estocada tendida y descabello, siendo finalmente ovacionado.

Otro tanto sucedió con el último toro de la tarde, ya de anochecida y con las luces encendidas. Tuvo Escribano que apartarse en su versión lejana de la porta gayola porque faltó poco para resultar arrollado. Otra pegó de rodillas ya en el tercio, bien por verónicas y chicuelinas. Excelente el tercer par en su solitaria intervención con las banderillas. Y una faena que arrancó en los medios con pases cambiados y siguió con un par de tandas por redondos sin mayor atractivo que recetarlos con limpieza. El toro, informal, se escapó del intento de torear por naturales y la faena se diluyó en pos de las declinantes embestidas del burel en la parte postrera del trasteo. Ojala que Escribano tenga más suerte en sus próximas actuaciones.