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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 20 de noviembre de 2017

20-N: así fue la España de Franco (in memoriam)



Esa legitimidad de origen fue luego corroborada por lo que Pío Moa llama una «legitimidad de ejercicio», ya que los casi 40 años que duró la España de Franco constituyen el período de mayor paz, estabilidad y prosperidad de nuestra historia, características que otorgan a cualquier gobierno una verdadera legitimidad.

20-N: así fue la España de Franco (in memoriam)


Que la esperpéntica patochada de los aventureros catalanitas ha tenido y tendrá devastadores efectos colaterales para nuestra Patria, es algo que nadie puede discutir. Entre ellos, hay un nutrido grupo de los que somos más o menos plenamente conscientes, junto a otros que sólo esperan al mañana para tener su plena encarnación.

Uno de estos efectos secundarios es que, ante la urgencia periodística que perentoriamente requería el maremágnum de noticias que ha generado la sedición catalanita, la actualidad se ha centrado tanto en ella, que hay muchos otros aspectos del día a día en España que han quedado solapados.

Y no me refiero a la sequía, que también, sino a que, enfangado en la batalla de más allá del Ebro, hay, en lo que mí respecta, una gran cantidad de temas que me hubiera gustado abordar en mis artículos, pero que he tenido que desechar para ocuparme de dar la debida caña a los mostrencos separatistas.

Entre estos temas, hay uno que, por ser especialmente sangrante, se me ha quedado atravesado desde hace tiempo, como una puñetera espina, martilleándome implacablemente con su persistencia, instándome a que me ocupara de él de una vez.


Me estoy refiriendo a la rabia inmensa que sentí cuando me enteré de las declaraciones que un conocido periodista y tertuliano hizo en LaSexta en cierto debate, hace no mucho. Vino a decir que «Franco a mí me parece un dictador repugnante, como a cualquier persona decente». Vaya, ahora resulta que el patético y felón Sánchez no tiene en exclusiva el copyright de la palabra «indecente».

Confieso que es la primera vez en mi vida que me insultan de esta manera, pues en el «pack» también iba la palabra «repugnante», que también la considero dirigida hacia mí por un efecto rebote.

Con motivo del 20N, y de que las aguas catalanas bajan más tranquilas, creo que ya es el momento de darle caña a este periodista de marras, brillante investigador, a quien seguía habitualmente hasta que dio su repugnante opinión sobre Franco.

Y es que está de moda más que nunca el antifranquismo, que, en un afán necrofílico maníaco-depresivo, se ha empeñado en desenterrar cadáveres de hace la tira de años, igual que los milicianos luciferinos exhibían públicamente las momias de los religiosos que desenterraban. Eso sí, cobrando entrada para verlas, faltaría más. Y digo yo que eso sí es repugnante, señor periodista, de cuyo nombre no quiero acordarme, entre otras cosas porque imagino que ya sabrán de quién estoy hablando.


Han llegado las cosas hasta tal punto de ridiculez y estulticia, que si las fuerzas de seguridad hubieran cargado contra los lobotomizados joveznos que crearon el caos circulatorio en Cataluña durante la «huelga» el pasado día 8, hubiera sido un acto «franquista», y por eso no hicieron absolutamente nada, pues, si llegan a salir en la prensa extranjera fotos de esas supuestas cargas, también nuestros colegas europeos nos hubieran acusado de ser franquistas. Toma ya.


Este antifranquismo rancio ha surgido de su putrefacto ataúd merced a la ignominiosa Ley de Memoria Histórica, mediante la cual el progrerío rojo pretende ganar la guerra 80 años después. Enarbolado como santo y seña por el populismo bolivariano ―¿con qué adjetivo calificaría a esta patulea el eximio periodista?―, es un virus letal, una metástasis perniciosa que infecta sin piedad la vida española desde prácticamente la muerte del Caudillo, pues desde ese mismo momento, las izquierdas… ―ponga aquí su calificativo― se hicieron con el monopolio del pensamiento, la información y la educación en España, sembrando impunemente una kilométrica sarta de mentiras, falsedades y tergiversaciones sobre nuestra historia, en especial sobre la República, la Guerra Civil, y la España de Franco.

Pero ese periodista, desde luego, no es el único que ha desecado en la memoria del Caudillo. Sin ir más lejos, ayer leí un artículo de Luis María Ansón en el que decía que la España de Franco fue una «dictadura atroz», acusando al Generalísimo de ser amigo de Hitler y Mussolini. Nada de extrañar, ya que el mismo Felipe VI dio la patada a seguir, cuando, en la rememoración de los 40 años de la «democracia», habló de «dictadura horrible». Como se ve, existen una verdadera competición maligna para ver quien encuentra el adjetivo más contundente en contra de Franco.

Sí, fue una dictadura, aunque más bien habría que calificarla de «dictablanda», pues dictadura es una palabra que hay que reservar para regímenes totalitarios como los comunistas, como el que quería implantar la Segunda República, donde un Estado policial controla absolutamente la vida de los ciudadanos. El régimen de Franco fue autoritario, pues permitió muy altas cotas de libertades personales, aunque restringidas en lo político. Cualquier persona que haya vivido bajo Franco, como es mi caso, podemos atestiguar la veracidad de esta afirmación.


Lo que sucede es que para el progrerío rojo es una verdadera pesadilla ―que parece que nunca podrán digerir― que Franco acaudillara al único país del mundo que venció a las hordas marxistas, a la subversión bolchevique que pretendía hacer España una república soviética satélite de Moscú. Lo mismo que hizo en Rusia el demente Lenin y toda su camarilla judeomasónica, eso mismo quisieron hacer Largo Caballero y cía en nuestra patria, pero sucumbieron ante el alzamiento de un pueblo, dirigido por un gran patriota, estratega y gobernante, que nos liberó de una dictadura repugnante, que además se había instalado en España mediante sucesivos y flagrantes golpes de estado, pucherazo va, pucherazo viene, lo cual le hacía perder toda su legitimidad.

Levantarse contra un gobierno ilegítimo, y además inepto, incapaz de mantener el orden público y la seguridad de los ciudadanos, no puede considerarse propiamente un golpe de Estado, pues al Alzamiento Nacional le amparaba el derecho de legítima defensa frente a una agresión dirigida por potencias extranjeras contra nuestro país.

Esa legitimidad de origen fue luego corroborada por lo que Pío Moa llama una «legitimidad de ejercicio», ya que los casi 40 años que duró la España de Franco constituyen el período de mayor paz, estabilidad y prosperidad de nuestra historia, características que otorgan a cualquier gobierno una verdadera legitimidad.

Entre los generales sublevados, Franco fue, sin ninguna duda, el más significativo, ya que, merced a la increíble audacia con la que organizó el puente aéreo que trasladó a la península al ejército de Marruecos, evitó claramente que el golpe dirigido por Mola fracasara en dos o tres días.


No perdió ninguna batalla durante la guerra, y, contradiciendo a los que le achacan amistad con los fascismos, se negó a apoyarlos entrando en la Guerra Mundial, a pesar de las presiones que se le hacían, lo cual supuso un hecho decisivo para que España pudiera recuperarse de las heridas de la contienda, a la vez que constituyó un factor muy importante que contribuyó al triunfo de los aliados, mérito no debidamente reconocido.

Liquidó al maquis, que tantos problemas dio a otros países en la posguerra; superó los problemas económicos que le planteó a España el aislamiento internacional al que se sometió a su régimen en la posguerra, a pesar de lo cual nuestro país inició un camino de prosperidad y progreso, sin recibir ni un solo dólar del Plan Marshall, apoyatura fundamental de la recuperación europea.

Y todo esto en el marco de conjuras de los juanistas, conspiraciones comunistas, marginación internacional, fricciones entre las diversas familias del régimen, y traición de la Iglesia a partir del Concilio, una Iglesia a la que había salvado de su total aniquilación.

Después de casi 40 años de gobierno, en el año 1975 España era un país prácticamente sin deuda pública, con una presión fiscal muy leve, con una renta per cápita que equivalía al 85% de la media europea; con una clase media poderosa, creada prácticamente de la nada; un país que era la novena potencia industrial del mundo, mientras que al comienzo de la era franquista éramos un país subdesarrollado, agrícola, atrasado; un país que en la década de los 60 había protagonizado el mayor milagro económico de la posguerra, sólo superado por Japón; un país con una política exterior propia y con personalidad, que no dudaba en hacer la vida imposible a Gibraltar, ni en desobedecer a USA emprendiendo a comienzos de los 70 una política para conseguir la bomba atómica.


Durante la época de Franco, la población española adquirió las coberturas del Estado de Bienestar y la Seguridad Social de que hoy disfrutamos: prestaciones de desempleo, vacaciones pagadas, sanidad universal, derechos pasivos, descanso dominical, protección a la familia, pagas extra, seguro de invalidez,… un país sin infraestructuras, donde las escasas que había fueron destrozadas por la contienda civil, se modernizó con hospitales, carreteras, pantanos, universidades… se generalizó la enseñanza, nos convertimos en uno de los diez destinos turísticos más importantes del mundo, el paro era prácticamente nulo, y nuestro nivel de «salud social» era el más alto de Europa, pues teníamos muy bajos índices de suicidio, alcoholismo, drogadicción, abortos, fracaso escolar, población reclusa, etc.

Y todo esto en medio de una gran estabilidad social, de una convivencia pacífica donde cicatrizaron las heridas de las divisiones creadas por la República y la Guerra. Porque no es cierto en absoluto que la paz franquista se debiera a la represión, ya que esta tuvo lugar sobre todo en los primeros años de la posguerra, pasando después a tener su causa en la adhesión mayoritaria del pueblo español a Franco, razón por la que su régimen duró tantos años.

Hablando de represión, el adjetivo con el que más se califica a Franco por parte de la izquierda española es el de «genocida», otra palabra cliché, otro tópico recurrente por la ideología antifranquista, la cual, como ocurre siempre, maneja datos totalmente exagerados sobre la represión, redondeando las cifras de una manera totalmente injustificada e indocumentada.

Las investigaciones más fiables, aquellas que manejan documentos contrastados, coinciden en afirmar que las víctimas de la represión franquista pueden cifrarse en torno a 25.000, aproximadamente. La magnitud de esta cifra hay que contrastarla con contextos parecidos de represión que se dieron en la misma época. Sin ir más lejos, las matanzas que se produjeron en algunos países europeos tras la Segunda Guerra Mundial, en naciones como Francia e Italia, son mucho más abultadas, con la salvedad de que se hicieron sin juicio previo, al contrario que en España. Por lo demás, me resulta sumamente repugnante que los que acusan a Franco de genocida sean marxistas, leninistas y estalinistas, obviando el hecho de que el comunismo ha causado más de 100 millones de muertos. Esto sí que es repugnante, señor periodista.


Y cabe preguntarse qué habrían hecho los republicanos en caso de haber ganado la guerra. Lo más probable es que hubiera sucedido lo que ya vaticinaba Indalecio Prieto, cuando afirmó que la guerra iba a ser sin cuartel, porque el bando que ganara no tendría piedad del perdedor. Gran verdad, especialmente en el bando rojo, ya que entre ellos mismos organizaban fratricidas razzias, pogroms y ajustes de cuentas.

Ya he expuesto en algunos artículos sobre el holocausto luciferino de los milicianos ―contra religiosos y contra la población civil― el horror de muchos de sus crímenes, verdaderamente abyectos y horrendos. Fueron estos asesinos los que cayeron bajo el régimen de Franco, los que tenían las manos manchadas de sangre. ¿Pena de muerte? Sí, pero también existe hoy en Estados Unidos, y nadie dice nada.

En cierta ocasión, el embajador americano protestaba ante Franco por las penas de muerte que ejecutaba su régimen. El Caudillo, entonces, le mostró el expediente de un preso sentenciado, y le preguntó al embajador qué opinión le merecía el caso. Sin dudarlo, éste dijo que lo más justo sería ejecutar al reo. Sin embargo, Franco le dijo que ya había pensado conmutarle la pena de muerte.

Y no es cierto en absoluto que Franco tomaba café mientras firmaba penas de muerte, ya que sólo se reservaba la facultad de conmutarlas, cosa que hizo con mucha frecuencia. Al acabar la guerra, mandó revisar 18.000 condenas a muerte que había en los tribunales, para evitar cualquier asomo de injusticia.


Cada vez que había juicios contra terroristas, se armaba la mundial. Sin embargo, nadie protestó por las misteriosas muertes en las cárceles alemanas de los miembros de la banda Baader-Meinhof, ni por las matanzas en el Ulster, ni por las extrañas muertes de presos políticos en las cárceles italianas, etc. Pura hipocresía.

Así que ésta puede ser la crónica fiel de esa «dictadura repugnante», a la que tantos españoles «indecentes» apoyaron y siguen apoyando, en la que tantos españoles «indecentes» vivieron y progresaron… De esa dictadura que se basó en el amor a España, a la familia, a la religión, a la propiedad… De esa dictadura cuya verdad cada vez más españoles empiezan a conocer.

Y si aquella época de paz y prosperidad fue «repugnante», ¿qué calificativo podríamos atribuir a esta «democracia» fallida y espúrea que está llevando a nuestra Patria a los vertederos de la historia? Que el lector busque la palabra que crea adecuada.