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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Cuando un amigo se va.../ Por Paco Mora



Querido Miguel, allá donde estés, porque los toreros grandes como tú nunca mueren, que te vaya bonito y guárdame tus últimos cien chistes para cuando nos reencontremos. Que no tengo gran interés en que sea pronto, pero ya no creo que me quede gasolina para muchos kilómetros…

Cuando un amigo se va...

Paco Mora
Ha muerto un gran torero. Pero a mí, con Miguel Espinosa “Armillita” se me ha difuminado un amigo. Y digo difuminado porque nunca se borrarán de mi memoria las mil y una anécdotas que viví con Miguel. “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”, exclama Gustavo Adolfo Bécquer en una de sus célebres rimas. Pero a mí se me escapa algo más triste todavía: ¡Dios mío, qué solos nos vamos quedando los vivos! Y es que, como dice la canción, “cuando un amigo se va algo se muere en el alma”. 

En mis años de dirección de Interviú, coincidí con Miguel en el Hotel Alcalá, donde ambos vivíamos. Él durante varios meses al año. Eso dio origen a un trato cordial primero y amigable después, puesto que el torero era un hombre muy abierto y de carácter alegre, entrañable y a la vez dicharachero, que gastaba bromas de modo habitual y las aceptaba con la misma naturalidad. Solíamos ir muchas noches a cenar al restaurante El Molino en la carretera de Getafe, unas veces mano a mano y otras con su primo y apoderado José Manuel, y alguna también con José Ortega Cano. Él solía decirme: “¿Qué, nos vamos a cenar y a echar unas risas al Molino”. Hablábamos de toros y nos acribillábamos a chistes. Los suyos eran casi siempre verderones.

Fuimos un día juntos en el Mercedes de un constructor amigo suyo a Chinchón, donde toreaba una corrida de toros con Gabriel de la Casa, hijo de Morenito de Talavera. El viaje fue apoteósico, porque el constructor se equivocó de salida de la autopista, tuvimos que volver atrás y llegamos al hotel con el tiempo justo para ponerse el chispeante. Aquel día me presentó a Verónica, una mujer menudita y bellísima que era la simpatía personificada, con la que se había casado hacía muy poco. Terminada la corrida volvimos a Madrid y cenamos en El Parrillón de la Plaza de Chamberí, frente a la casa de Largo Caballero. Invité yo y cuando el camarero puso sobre la mesa las vueltas, Miguel apartó tres billetes de cien pesetas de aquellos tiempos y se las dio al camarero. Como me quedé mirándole algo mosqueado, me espetó: “No te olvides nunca que el toreo es grandeza”. Yo rezongué: “Sobre todo con la pasta de los demás…”. Y la coña marinera que se montó fue de órdago. 

Otro día viajé con él a Linares, donde triunfó a lo grande con dos “miuras” alternando con Ponce y Litri. Me asombró su capacidad para meter en su muleta las difíciles embestidas de los míticos toros de Zahariche. También le acompañé a una corrida en Salamanca, donde pude cerciorarme de su talento lidiador y, sobre todo, de la calidad de su toreo con la izquierda. Cosa que también arrebató al público de Las Ventas en el festival organizado a beneficio de Julio Robles. Le cortó las dos orejas a un buen “juampedro”, que le abrió la Puerta Grande. Por la noche nos dio una fiesta en el Hotel Victoria a los amigos y fue un magnífico, alegre y divertido anfitrión. Cuando quería sabía estar como nadie y tenía la virtud de caerle bien a casi todo el mundo. 

Recuerdo otra corrida en Colmenar Viejo, donde pasamos una mañana soleada y agradable paseando por las afueras de la localidad madrileña, acompañados por su primo José Manuel. Pasamos cerca de unos charcos y una avispa le propinó un aguijonazo que le tuvo en un grito más de una hora, dejándole la mano derecha inflamada como una bota. Tuvimos que ir al médico para que le inyectara un antihistamínico. Pero la anécdota vino cuando, observando cómo tenía la mano, se me escapó un: “Menos mal que te ha picado a ti”. Ahí sí que se enfureció de verdad. Tuve que correr para escapar del pescozón con que intentaba obsequiarme. Otro día le arrastré a la Feria de Julio de Valencia para ver a Finito de Córdoba, al cual no había visto todavía. Y como yo no paraba de darle la vara con el torero de mi preferencia en aquellos momentos, preferencia que me sigue durando, se vengó de mi insistencia en hacerle viajar a la capital del Turia con esta sentencia: “Llévame a verlo dentro de cuatro o cinco años, y ya te diré si puede ser la figura que tú dices”.

Querido Miguel, allá donde estés, porque los toreros grandes como tú nunca mueren, que te vaya bonito y guárdame tus últimos cien chistes para cuando nos reencontremos. Que no tengo gran interés en que sea pronto, pero ya no creo que me quede gasolina para muchos kilómetros…