la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 17 de noviembre de 2017

Ferrera, el año de los prodigios / por Álvaro R. del Moral



El diestro extremeño, después de dos campañas en barbecho, ha sido el mejor intérprete de 2017. Como remarca Álvaro R. del Moral "ha reinterpretado el toreo de muleta como un tratado de armonía que nos reconcilia con el tronco del toreo más clásico". Y la afición se lo ha reconocido, aupándole el pódium de sus favoritos. Con el mérito añadido de conseguirlo después de más de año y medio sin actividad, por aquella lesión traumatológica que sufrió en la plaza de Muro.


Después de año y medio inactivo
Ferrera, el año de los prodigios

Álvaro R. del Moral
Ferrera había pasado completamente en blanco la temporada 2016. Tuvo que cortar por lo sano al comenzar el verano de 2015. Las dificultades para sanar la fractura de radio que se produjo en el coso mallorquín de Muro le iban a tener casi dos años en barbecho pero la vuelta, por fin, se pudo materializar en la bombonera de Olivenza en el estreno del último año taurino. Antes del eclipse ya se hablaba del concepto renovado y la madurez del diestro extremeño. Lo que no se podía atisbar es que iba a volver al toreo reconvertido en uno de los mejores intérpretes del momento dejando lejos, muy lejos, esa imagen de trotaplazas que –posiblemente– eclipsaba su auténtico sentimiento interior como lidiador.


Sevilla es, seguramente, la plaza que mejor le ha visto. Ferrera ya había sido el autor de las mejores faenas en la Feria de Abril de 2014 y 2015. En ambas ocasiones se había enhebrado a la perfección a sendos toros de Victorino Martín, la misma ganadería que había escogido para volver –sin alivios ni recompensas– a la plaza de la Maestranza. Fue el 29 de abril. El torero de Badajoz, que tuvo pocas opciones con su primero, supo reivindicar la lidia como espectáculo sin perder su eficacia. La batalla vino después, un toma y daca con un fiero ejemplar llamado Platino que habría sido muy distinto en otras manos. La faena comenzó como riña; después se trocó en un combate de esgrima y acabó siendo una postrera lección de torería en la que no faltó su proverbial toreo zurdo. Le dieron una oreja. Había merecido las dos. Ferrera ya se había adueñado de la Feria.

Y en Sevilla fue la épica pero, sobre todo, la lírica. El faenón definitivo llegó en un día a contrapelo, con ese peculiar público del Sábado de Farolillos que no llegó a calibrar en toda su medida lo que estaba pasando delante de sus narices. Ferrera sublimó el toreo como tratado de armonía cincelando la faena de la Feria, de muchas ferias. Pero también cuajó la mejor de su vida. No se puede estar más templado, armónico o inspirado con un toro así. El toro de El Pilar acometía despacio y sin terminar de entregarse por completo pero sí atesoró una gran bondad que el gran diestro de Badajoz aprovechó en una obra que rozó la perfección. El trasteo fue fluyendo, como un concertino en un jardín, en estrofas musicales, ligadas con rara sincronía, dichas para adentro, satisfaciendo el alma de artista de un matador que estaba proclamando su mejor momento. Mató dos toros aquella tarde pero cuajó tres: hay que sumar al animal devuelto al que enjaretó un puñado de lances convertidos en caricias. Sin recurrir a las matemáticas, se había convertido en el triunfador absoluto de la Feria de Abril.


Y de Sevilla a Madrid, confirmando su condición de gran intérprete con otro ejemplar de Las Ramblas. Ferrera ya sonaba como torero del año. Pasó con nota por plazas de segunda como Cáceres, Burgos o Zamora pero volvió a encontrar en un gran escenario –Pamplona por San Fermín– el mejor altavoz de su excelente momento. Las orejas, una vez más, iban a ser lo de menos. Eso sí: las empresas no terminaban de abrirle el hueco que merecía este reencuentro con el toreo más eterno. Así está este negocio.