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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 25 de noviembre de 2017

VENEZUELA. HISTORIETA TAURINA (Parte Final) / por Eduardo Soto


Todo ha entrado en franco deterioro y la coyuntura afecta las corridas de toros, las cuales pierden lustre, frecuencia, público e influyen en el ánimo de los aficionados, quienes con vocación digna de encomio, recorren la geografía de la patria, tras los pocos festejos que todavía se anuncian. 

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HISTORIETA TAURINA (Parte Final)

Eduardo Soto
Mérida, 25 Noviembre 2017
En el país la situación de la tauromaquia había venido siendo preocupante desde hace años, pero siempre se hablaba de toros, toreros, plazas y ferias, sin que nadie hubiera osado nunca echar un vistazo a lo que estaba aconteciendo con su afición, la cual no puede permitirse que los árboles le impidan ver el bosque, so pena de asestar el puntillazo definitivo a la Fiesta Brava o, al menos, vaciarla de contenidos esenciales.

Todo ha entrado en franco deterioro y la coyuntura afecta las corridas de toros, las cuales pierden lustre, frecuencia, público e influyen en el ánimo de los aficionados, quienes con vocación digna de encomio, recorren la geografía de la patria, tras los pocos festejos que todavía se anuncian. 

Lo hacen en circunstancias tales, que se ven obligados a revestirse de extrema tolerancia, reducir al mínimo su espíritu crítico, conformarse con poco y aceptar auriculares e incluso rabos sin chistar. 

Se matiza entonces su percepción de la fiesta, se desdibuja su característica de guardián de la calidad del festejo, se tiende a justificar todo y, en un panorama tan sombrío, se aferran con mayor fuerza a cualquier espectáculo que proporcione aliviadero a su temperamento taurino. 

Se tiende a dar prioridad a la continuidad, se entona el pregón de la resignación y el conformismo, se multiplican los comentarios laudatorios, sin que importe el fondo ni la forma de los festejos, pues lo más importante es evitar que se produzcan interrupciones.

Ciertamente, la Fiesta Brava se puede extinguir al no darse más festejos, no obstante siempre se pueden recuperar al pasar la infausta coyuntura; pero quizás podría ser más complicado recobrar la sindéresis de la afición, una vez que se acostumbra a festejos en que campea la permisividad y resultan empalagosos, como si se quisiera suplir las falencias derramando trofeos. 

Recordemos que en el último par de años, entre una plaza portátil en el llano, una monumental andina y un coso lacustre, en tres festejos mayores: uno mixto, un Mano a Mano y el otro normal, se concedieron nada menos que 28 trofeos, entre ellos cinco rabos; evidentemente, tal prodigalidad no puede ser normal y la afición no debería permitir que este tipo de cosas siga ocurriendo de manera indefinida. 

No todos estarán de acuerdo con estos planteamientos, pero todos deberían ser conscientes de la necesidad de corregir tal orientación, pues es crucial para el porvenir de la Fiesta Brava. 

Afortunadamente, la posibilidad que se presenta de abrevar en los manantiales de montaña, ojalá con la presencia (en su debido entorno) de las nuevas figuras del toreo, podría ayudar mucho a retomar el rumbo.

Entonces, puede ser ocasión propicia para reflexionar, con el corazón en la mano, sobre la Fiesta Brava y la mejor manera de consolidarla en el horizonte cultural del país o de conformarse con una versión disminuida, a veces caricaturesca, pensando quizás erróneamente que peor es nada.

Es probable que muchos de mis pocos lectores, frunzan el ceño con lo expuesto, pero es preferible predicar en el desierto y arriesgar el antagonismo de quienes tienen todo el derecho a visualizar la tauromaquia más allá de un arte para solaz del espíritu; quienes ipso facto dejan de ser meros aficionados, una de cuyas características primordiales, es que su interés por lo taurino no persigue fines de lucro.

La inaceptable alternativa sería permanecer impasible ante los intentos por degradar la calidad de la afición taurina, antesala del infame bajonazo que se viene tramando contra la Fiesta Brava. 

Conviene recordar, tomando en cuenta el actual tutelaje ejercido sobre el país de la historieta, no solamente que Cúchares murió en La Habana, sino que Cuba fue el primer país taurino de América, que en 1875 tenía cinco plazas de toros y que ahora no existe ni siquiera una.