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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 7 de diciembre de 2017

Colombia. ¡Qué pesado! / Por Jorge Arturo Díaz Reyes.



 Juan Fernando Cristo, antitaurino converso, quien usando atribuciones como ministro del interior matriculó con gran difusión mediática la iniciativa en el Congreso, se ha pegado un batacazo electoral estruendoso.

¡Qué pesado!

Cali, 5 de diciembre 2017
Hoy en Colombia, la mayor amenaza contra la fiesta es el proyecto de ley, avanzado en el parlamento, “por el cual se prohíbe la tauromaquia en todo el territorio nacional”.

Su autor, el político Juan Fernando Cristo, antitaurino converso, quien usando atribuciones como ministro del interior matriculó con gran difusión mediática la iniciativa en el Congreso, se ha pegado un batacazo electoral estruendoso.

Renunció a su muy alto cargo para ir tras una dignidad mayor; la presidencia de la república. Nada menos. Pero en las primeras de cambio ha sido descartado. Minoritario hasta en su propio partido, cuya costosa y escuálida elección de candidato (45 mil millones del dinero público para consultar 700 mil parroquianos), le dejó sin el pan, sin el queso y además con él descontento ciudadano.

De no apostar con tino sus lealtades para el próximo gobierno. Quizá termine reducido a liderar huestes prohibicionistas. A merodear corridas altavoz en mano arengando energúmenos. A emular por ahí con su menos impopular colega, el ex alcalde Petro. Poca cosa para él, pero como dicen los del oficio, mejor cabeza de ratón que…

Y eso, si su alegre pasado salpicado de tardes gratuitas en los callejones de las plazas no le resulta enrostrado y usado a la contra por competidores de cabecillazgo. Que allí también los habrá. La lucha por el poder, sin importar ámbito no suele ser elegante.

Su cola de paja taurina, más inflamable ahora, despojado de la investidura ministerial, podría terminar quemándole hasta ese peoresnada. Los cambios de bando rentan a veces, pero no inspiran confianzas.

Desde la otra orilla, sus perseguidos, los aficionados, a quienes él quiere condenar a la extinción por su mismo pecado, “no ser mayoría”, miramos el estrellón sin celebrar, aunque sí con el alivio momentáneo de quien le quitan un fardo de encima —¡Qué pesado!

Y digo alivio momentáneo, pues en esto de la política cuando cae uno sube otro. Generalmente más cargante.